Estas letras no se refieren a lo que describen, no representan lo que dicen, no son lo que se cree con ellas. Estas palabras esconden aquello que puede hacer a un individuo desordenar cualquier lógica presente en su sistematizada razón. Toda la vida sueñas con alcanzar esos matices de divinidad, cada uno de esos centímetros de piel que recorrerías con tus dedos, enredar tus manos en el cabello para escusar tus ganas y necesidad de establecerse en ellos, ojos que fisgonearía hasta perderme en el reflejo de sus retinas y ser así su más preciado sentido, alcanzar las manos donde trabar lo que quede de mi cuerpo ensimismado y trabar cada una de las fracciones que envuelvan tan agradable figura.
El orden principal del fárrago es la incapacidad de consolidar la enorme corriente de pensamientos que aturden y bombardean una mente cuyo único fin ha quedado recientemente establecido por las circunstancias. No es que no se puedan organizar, el problema resulta aflorar de la incapacidad para finalizar de pensar la idea. Es tan infinito el sentimiento (y digo tan infinito porque es un infinito mayor si cabe) que hace del pensamiento encargado de entender sus métodos de actuación una idea ilimitada que no encuentra cuando acabar, pero si sabe como volver al principio. De esta forma siempre se recupera la esencia y la raíz de todo sin poder ponerle un intermedio o un final, dejando que todo sea un comienzo maravilloso. No cabe otro propósito para esta colapsada mente, no deja hueco ni resquicio donde huir a otro mundo, donde al menos poder acompañar al primero con otro aspecto. La locura aparece entre todo esto cuando la razón (si es que ella interviene) te lleva a descubrir que tan limitada inspiración no se debe a algo propioceptivo, sino a una decisión totalmente propia y voluntaria, una opción. No todo acaba aquí. La complejidad de todo el proceso varia en función de la figura, del individuo, de los elementos implicados, de cualquier proporción alterada que no se encuentre en su estado natural.
Humanamente hablando, supone tal inmensidad involucrada, tanto raciocinio inexplicable, tantas ideas ambiguas, tantas preguntas ausentes, tantos gestos desvariados, rostros inteligibles, hablo de tal cantidad de esplendor, que solo puedo escribir lo que lees sin terminar de creérmelo, sabiendo que no he dicho nada y que seguramente mañana opine lo contrario.
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